LOS NEO-CARISMATICOS:

El movimiento de prosperidad

por

Rev. Roger L. Smalling, D.Min.

©Miami, septiembre, 2004. Todos los derechos reservados por Roger L. Smalling. Permiso concedido para copiar y distribur con fines educativos solamente, sin fines lucrativos.


CONTENIDO

Cap’tulo 1: El ÒDiosÓ en el espejo

Cap’tulo 2: Fe o ficci—n

Cap’tulo 3: Soberan’a y sufrimiento

Cap’tulo 4: Or’genes del Movimiento de la prosperidad

Cap’tulo 5: La confesi—n positiva

Cap’tulo 6: ÀEsta su fe da–ada por el Movimiento Palabra de fe?

Cap’tulo 7: As’ como prospera tu alma

Cap’tulo 8: Pr—speros como Abraham

Cap’tulo 9: Suficiencia Ss

Cap’tulo 10: La herej’a de que Jesœs muri— espiritualmente

Cap’tulo 11: Job y el Rreino

Cap’tulo 12: La psicolog’a del movimiento

Cap’tulo 13: La negaci—n de los s’ntomas: ÀEs v‡lida?

Cap’tulo 14: ÀSan— Jesœs a todos?

Cap’tulo 15: Fe razonable

ApŽndice A: Cuadro comparativo. Palabra de Ffe vs. Biblia.

ApŽndice B: Acerca de la Ònaturaleza divinaÓ en 2 Pedro. 1:3-4.

ApŽndice C: 150 vers’culos que nol les gusta escuchar a los seguidores de la Palabra de fe.

Bibliograf’a


Acerca del Aautor

Roger Smalling y su esposa Diana son misioneros para AmŽrica Latina con de la Iglesia Presbiteriana de las AmŽricas, una rama teol—gicamente conservadora del movimiento de la Reforma Protestante del Siglo XVI. Eƒl es dDirector de ÒVisi—n R.E.A.LÓ (Reformaci—n en AmŽrica Latina), que se dedica a la preparaci—n de cristianos latinoamericanos en el campo del liderazgo b’blico y la ortodoxia teol—gica.

Es tambiŽn autor de la obra S’, Jesœs, muy conocida en el idioma hispespa–ol sobre el tema de la gracia de Dios. Adem‡s es Pprofesor del Seminario Internacional de Miami, el cual comparte su visi—n para acerca de la Reformaci—n en LatinoamŽrica.

Los esposos Smalling viajan intensamente por toda AmŽrica Latina, dirigiendo seminarios y dando conferencias en iglesias de varias denominaciones.

La pareja ha publicado gu’as de estudio, art’culos y cursos, los cuales est‡n disponibles en su p‡gina de Internet, tanto en espa–ol como en inglŽs. La direcci—n es www.Smallings.com.


Prefacio

Enrique sali— de la escuela b’blica a bordo de su auto; iba desesperado. Hab’a invertido su vida, recursos y fe en las ense–anzas de este centro.

La semana anterior hab’a visto morir de disenter’a, enfermedad de f‡cil curaci—n, a uno de sus compa–eros. El desafortunado estudiante, motivado por las ense–anzas del Instituto de la Palabra de fe, no hab’a aceptado tratamiento mŽdico alguno.

Enrique todav’a cre’a en Dios. Simplemente que ahora ya no quer’a orar m‡s a ƒl. En la mente del joven, no era Žl quien abandonaba a Dios, sino al contrario, Dios hab’a abandonado a Enrique. Su Biblia permanec’a sin abrir en un rinc—n del auto, en el cual se dirig’a a casa, pensando ingresar a la universidad estatal. Ahora, su decisi—n era seguir una carrera que no incluyera el servicio al evangelio.

Conoc’ a Enrique en la universidad. ƒramos compa–eros en un curso de psicolog’a. Nos hicimos amigos por nuestra afici—n a la buena comida mexicana. Un d’a, durante el almuerzo, le preguntŽ a Enrique si era cristiano. Me contest— que s’, aunque no hab’a le’do la Biblia por tres a–os, tampoco hab’a asistido a ninguna iglesia y no ten’a planes de hacerlo. Ah’ fue cuando me cont— la historia desde el principio.

Enrique no sab’a que yo reciŽn hab’a terminado mi manuscrito de la presente obra. Le obsequiŽ una copia que cambi— su vida. Hoy d’a, Enrique es maestro en una escuela pœblica y miembro de una iglesia de sana doctrina. Dios no lo ha abandonado. ƒl sabe ahora distinguir entre el Dios verdadero y el dios falso que ense–an en la escuela de la Palabra de fe. La œltima vez que lo vi, me dijo algo muy gracioso y se estaba riendo. No lo hab’a visto re’r mucho en el pasado.

Si usted, lector, est‡ en busca de armas en contra del movimiento carism‡tico, deje este libro. No es para usted. El mismo consejo va para el que busca confirmar que los dones y milagros ya no existen.

No soy cesacionista (el que cree que los dones y milagros del Esp’ritu cesaron despuŽs de la Žpoca apost—lica). Creo que los dones espirituales en el Nuevo Testamento existen hoy en d’a, aunque no necesariamente para los mismos fines ni en la misma forma que se ense–a en los c’rculos carism‡ticos.

Es de vital importancia aclarar lo anterior, porque una defensa muy usada por los maestros de la prosperidad ante sus cr’ticos, es afirmar que ellos est‡n en Òcontra del Esp’ritu SantoÓ o Òen contra de los dones espirituales.Ó No me opongo a ninguna de estas cosas. A lo que s’ me opongo es a los dioses falsos, cristos falsos y profetas falsos.

El movimiento carism‡tico tuvo, en sus inicios, aspectos loables. Por ejemplo, la petici—n a Dios de un renovado poder del Esp’ritu Santo y la bœsqueda anhelante de los dones espirituales para edificaci—n de la iglesia; esos son aspectos dignos de alabar. Es m‡s, la Biblia nos manda hacer todo eso.

El movimiento era una bien merecida censura a las denominaciones antiguas y fr’as. Era un fresco recordatorio de mi propia responsabilidad como pastor, de orar por los enfermos... con a veces resultados dram‡ticos.

TambiŽn caracterizaba a este movimiento una gran reverencia a la Palabra de Dios. Aunque algunos carism‡ticos erraban al pensar que la Biblia era como una varita m‡gica para obtener lo que quisieran, otras denominaciones tradicionales, no le prestaban ninguna atenci—n a la Biblia.

Otro producto loable del movimiento carism‡tico es su fresco entusiasmo en la alabanza. Personalmente, ya me estaba cansando de los mismos himnos y c‡nticos. Muchos y hermosos c‡nticos de alabanza que hoy se cantan en iglesias tradicionales nacieron de este movimiento.

Lo que NO aprecio es la forma en la cual grandes sectores del movimiento carism‡tico han sido secuestrados por una secta extra–a de tipo gn—stico, conocida como Movimiento de la prosperidad, Palabra de fe o Movimiento de la fe.

Mucho menos podr’a apreciar el da–o espiritual y psicol—gico infligido a muchos ex adherentes del movimiento, que ya se han dado contra la dura realidad. Tal vez ellos sean los m‡s afortunados. Mientras otros miles ignoran que pueden estar dando culto a un dios falso y a un falso cristo, por medio de revelaciones de profetas igualmente falsos.

Este libro no ofrece armas. Lo que ofrece es una herramienta misericordiosa. Deseo ayudar a aquellos cuya fe ha sido herida por el Movimiento de la fe y ofrecer una salida a aquellos que todav’a permanecen all’, antes de que choquen contra la dura realidad.


CAPêTULO 1

El ÒDiosÓ en el espejo

Las religiones paganas tienen una forma t’pica de aproximar al hombre a Dios. Lo hacen reduciendo a Dios a un nivel casi humano y, por otro lado, exaltan al hombre a una condici—n divina. La mitolog’a, antigua o moderna, invariablemente rebaja a Dios a menos de lo que es y eleva al hombre a m‡s de lo que es.

Para griegos y romanos, Zeus era el rey de los dioses. Era similar a un hombre grande y poderoso, sin ser infinito ni omnisciente. Zeus pod’a ser enga–ado. Estos dioses desplegaban todas las flaquezas de la naturaleza humana: celos, codicia y ri–as entre ellos.

En la t’pica mitolog’a pagana, algunos dioses previamente fueron humanos que lograron su deificaci—n gracias al favor de un dios o luego de haber bebido la ambros’a, el elixir divino. Algunos humanos fueron inmortalizados al ser transformados en constelaciones estelares, luego de su muerte.

El ap—stol Pablo se refiere a este proceso de reducci—n-exaltaci—n en Romanos 1:22-23:

Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrœpedos y de reptiles.

En la revelaci—n cristiana, al contrario de la pagana, Dios y el hombre se acercan en una relaci—n que los deja intactos a ambos. En la doctrina cristiana, el punto de encuentro entre Dios y el hombre es una justicia mutua, la de Cristo, acreditada al creyente por medio de la fe en Jesœs (Romanos 3 y 4). No se da ningœn cambio en la calidad existencial ni en la esencia de Dios o del hombre.

En el evangelio, Dios es siempre el ser soberano, infinito y todopoderoso, como lo describen las Escrituras. Y el hombre permanece como el ser creado y dependiente.

En el cap’tulo anterior, vimos c—mo los maestros de la Palabra de fe carecen de un concepto claro acerca de la soberan’a de Dios. Esto por s’ solo no es letal. DespuŽs de todo, la soberan’a de Dios y la voluntad del hombre  son temas que han intrigado a los te—logos a travŽs de los siglos. Sin embargo, el error va mucho m‡s all‡, como se revela en lo que sigue.

Kenneth Copeland describe a Dios como:

Un ser que mide alrededor de un metro noventa o uno noventa y cinco, y pesa unos cien kilogramos o algo m‡s, con un palmo de unos veintitrŽs cent’metros.[1]

No es de admirarse que Copeland y sus seguidores tengan dificultad con la soberan’a de Dios. Su ÒdiosÓ es demasiado peque–o para ser soberano.

Copeland supera a los antiguos griegos, al igualar al hombre con Dios. Al referirse a la creaci—n del hombre, Copeland a–ade:

Dios y Ad‡n eran exactamente iguales.[2]

Ni siquiera Zeus era exacto al ser humano.

ÀTiene Dios un cuerpo?

En teolog’a, se llama antropomorfismo a la noci—n de que Dios posee cuerpo. Este vocablo proviene de dos tŽrminos griegos: antropos (hombre) y morfos (forma). Existe una amplia gama de antropomorfismos que van desde la idea de que Dios tiene un cuerpo espiritual con forma humana, hasta la creencia mormona de un cuerpo material.

Todos los Òmaestros de la feÓ se atienen a algœn tipo de antropomorfismo, aunque difieran entre ellos. Por ejemplo, Hinn no endosa las perspectivas de Copeland, aunque su propio pensamiento es fuertemente antropom—rfico.

ÀSaben ustedes que el Esp’ritu Santo tiene un alma y un cuerpo aparte del cuerpo de Jesœs y del Padre? ... que Dios Padre es una individualidad separada del Hijo y del Esp’ritu Santo y que Dios es Trino y camina en un cuerpo espiritual que tiene cabello ... ojos ... boca ... manos.[3]

Aunque el concepto de Hinn sobre la Trinidad con cuerpos espirituales se aleja de la doctrina b’blica, quiz‡ se encuentre progresando teol—gicamente a tropezones.

El peligro del antropomorfismo es que se dirige a la negaci—n de los tres principales atributos de Dios: Todopoderoso (Omnipotente), Omnisciente e infinito (Omnipresente). Los eruditos llaman a estas cualidades atributos incomunicables, porque siendo nosotros criaturas finitas no las tenemos en comœn con Dios.

Sea cual fuere la naturaleza de un cuerpo, f’sica o espiritual, este no puede poseer ninguna de esas tres cualidades. El cuerpo, por definici—n, es limitado. Si Dios tiene cuerpo no puede ser infinito. De no ser infinito, tampoco es omnipresente, etc.

Si Dios posee un cuerpo, incluso uno espiritual de gran tama–o, comparado con el infinito, ser’a infinitamente peque–o. Jam‡s he conocido un antropomorfista que acepte que Dios sea infinitamente peque–o. No se pronuncian sobre esta contradicci—n.

Peque–os dioses

Si reducir a Dios al tama–o de un ser humano grande es un desastre teol—gico, igualmente serio es magnificar al hombre al nivel de un peque–o dios.[4]

Earl Paulk se une a Copeland y aclara:

Ad‡n y Eva fueron puestos en el mundo como una semilla de la expresi—n de Dios. Tal como los perros procrean perritos y los gatos gatitos, as’ Dios tiene diocesitos y, hasta que comprendamos que somos peque–os dioses, no podremos manifestar el Reino de Dios.[5]

Es decir que en la l’nea conceptual de la Palabra de fe, el haber sido creados a la imagen de Dios, implica que somos duplicados de Dios. ÀSer‡ que estos maestros tambiŽn confunden la diferencia entre un espejo y el hombre que en Žl se mira?

Cuando me afeito en la ma–ana, Àmiro en el espejo mi piel con espuma de afeitar? No realmente. Lo que veo es vidrio pulido que me refleja. El espejo no sangra si me corto con la navaja.

Esta noci—n de igualdad entre Dios y el hombre no se origina en Copeland o Paulk. Su mentor, Kenneth Hagin, ya ense–aba que:

El hombre fue creado en tŽrminos de igualdad con Dios, y es capaz de pararse en la presencia de Dios sin ninguna conciencia de inferioridad. Dios nos ha hecho tan similares a ƒl como fue posible. Nos hizo el mismo tipo de ser que ƒl es y el hombre viv’a en Su reino. El hombre viv’a en los mismos tŽrminos que vive Dios. Se llama cristiano al creyente y eso es lo que somos: Ásomos Cristo![6]

Aqu’ Hagin no se esfuerza en definir a Dios. Es innecesario hacerlo. Si Ad‡n entraba a la presencia divina en iguales tŽrminos, sin ningœn sentido de inferioridad, esto ya revela el concepto que Hagin tiene sobre la esencia y ser de Dios.

La Biblia, por supuesto, no ense–a nada de esto. En el GŽnesis vemos que Dios caminaba en el jard’n en comuni—n con Ad‡n. ÀEs esto suficiente para sugerir que Ad‡n y Dios eran iguales? ÁClaro que no! Si Ad‡n hubiera sido igual, Àpor quŽ habr’a tratado de esconderse de Dios, luego de haber pecado? Hubiera podido crear su propio universo y escaparse.

De vuelta al jard’n

Volvamos al jard’n de EdŽn y veamos d—nde descansa la verdad. GŽnesis nunca deifica a Ad‡n. ÀC—mo se puede restaurar algo que nunca existi— primeramente? Si es que Ad‡n ten’a algœn tipo de deidad, Àpor quŽ se habr’a Satan‡s molestado en ofrecerles a Ad‡n y Eva, que llegar’an a ser como ÒdiosesÓ? Eva le habr’a replicado: ÒNo, gracias, ya lo somos.Ó

S’, existe una promesa en la Biblia de que podemos llegar a Òser como dioses.Ó Pero, n—tese quiŽn hace dicha promesa: Áel mismo Satan‡s! Y continœa ofreciendo su vana promesa hoy en d’a.

Pero el Se–or Dios dice:

... antes de m’ no fue formado dios, ni lo ser‡ despuŽs de m’ (Isa’as 43:10).

Yo soy Jehov‡, y ninguno m‡s hay; no hay Dios fuera de m’ (Isa’as 45:5).

En la mitolog’a de la Palabra de fe, Ad‡n perdi— sus privilegios y condici—n de dios. El hombre los recupera por medio de su conversi—n a Cristo. As’ lo explica Benny Hinn:

Los cristianos son peque–os mes’as. Los cristianos son peque–os dioses.[7]

En caso de asumir que Hinn habla figuradamente, lŽanse con cuidado las siguientes citas:

ÀEres  hijo de Dios? ÁEntonces eres divino! ÀEres hijo de Dios? ÁEntonces no eres humano![8]

Yo soy un peque–o mes’as caminando por la tierra ... Tœ eres un peque–o dios sobre la tierra.[9] Los cristianos son peque–os mes’as y peque–os dioses.[10]

Parece que estos maestros no dicen que todos los seres humanos son dioses. Solo los cristianos son dioses.  Copeland afirma:

Cada cristiano es un dios. No es que tengas a Dios dentro de ti, tœ eres uno.[11]

Antes de Copeland, su mentor Kenneth Hagin ense–aba:

Tœ eres tan encarnaci—n de Dios como lo fue Jesucristo ... el creyente es tan encarnaci—n como lo fue Jesœs de Nazaret.[12]

Copeland imita:

Jesœs no es m‡s el UnigŽnito Hijo de Dios.[13]

Copeland le resta importancia al tŽrmino ÒunigŽnitoÓ de Juan 3:16. Esta palabra hace una diferenciaci—n entre la calidad de Hijo, de Jesœs, y la nuestra como hijos de Dios.

Somos hijos adoptivos (Romanos 8). Jesœs no fue nunca adoptado, porque ƒl es parte de la Trinidad desde la eternidad. Aplicar la palabra Òencarnaci—nÓ a un mero ser humano, bordea la blasfemia.

Paul Crouch y Trinity Broadcasting Network

El canal TBN es la mayor red religiosa de la televisi—n, en la historia. Su fundador Paul Crouch es amigo cercano de Hagin, Copeland, Hinn y los dem‡s maestros de la Palabra de fe. Crouch exclama:

Los cristianos son peque–os dioses.[14]

Dios no hace distinci—n entre ƒl y nosotros. Dios abre la uni—n con la Deidad [con la Trinidad] y nos la trae a nosotros.[15]

Declarar que no existe distinci—n entre Dios y nosotros es sumamente radical. Si Crouch se refiere al Dios de la Biblia, su conclusi—n deber’a ser que los cristianos son omnipresentes, omniscientes, todopoderosos y perfectos. Eso, o se est‡ refiriendo a algœn otro dios.

En la Biblia, nuestra uni—n con Cristo es por medio de la entrada del Esp’ritu Santo a morar en nosotros y por la imputaci—n de la Justicia de Cristo. ÒUni—nÓ no significa Òdeificaci—n.Ó

Podr’amos pensar que Crouch y los suyos vacilar’an al hacer tales proclamas en un canal pœblico de televisi—n. Deben haber sabido que iban a levantar cr’ticas. ÀCu‡l fue su reacci—n a estas cr’ticas?

ÀSaben quŽ otra cosa queda asegurada esta noche? El clamor, protesta y controversia, engendrada por el diablo, tratando de traer disensi—n en el cuerpo de Cristo, acerca de que somos dioses. Yo soy un peque–o dios. Llevo su nombre. Soy uno con ƒl. Estoy en una relaci—n de pacto. Soy un peque–o dios. ÁFuera, cr’ticos![16]

Crouch cree que el diablo est‡ detr‡s de la cr’tica que han levantado Žl y sus amigos al declararse dioses. Los cr’ticos deben callar. En la mente de Crouch, lo que Žl proclama es verdad obvia.

Su queja no silenci— a los cr’ticos. Cinco a–os m‡s tarde, Crouch nuevamente los ataca:

Creo que est‡n condenados al infierno y no creo que exista ninguna redenci—n para ellos, los cazadores de herej’as, que quieren encontrar alguna peque–a paja de doctrina ilegal en el ojo de algunos cristianos y sacarla de sus ojos, cuando tienen todo el bosque en  sus propias vidas y en sus propios ojos. Yo les digo: ÁAl diablo todos ustedes! ... ÁOh, aleluya! Fuera del camino de Dios, dejen de obstaculizar los puentes de Dios. O Dios les destrozar‡ a ustedes, si no Álo hago yo mismo![17]

Aparentemente es una Òpeque–a pajaÓ aquello de redefinir al Dios cristiano. Aquellos que no concuerdan son maldecidos, sin ninguna esperanza de redenci—n. Merecen que Dios los aniquile.

Defendiendo a sus amigos de la Palabra de fe, Crouch continœa:

... si quieren criticar a Ken Copeland por su prŽdica de la fe o a Papa Hagin, ÁFuera de mi vida! ÁNo quiero ni siquiera escucharles o hablarles! ÁNo quiero ver sus feas caras! ÁFuera de mi vista, en el nombre de Jesœs![18]

Es comprensible que en un estallido de frustraci—n, digamos cosas de las que luego nos arrepentiremos. Todos ofendemos de muchas maneras. A la fecha, no ha habido expresiones de arrepentimiento, ni de Crouch ni de sus amigos, ni una m’nima retractaci—n de esas ense–anzas.

En el paganismo se da una progresi—n. Primero, el humano es como dios. Segundo, parcialmente dios. Tercero, un dios. Al final del proceso piensa que es Dios mismo.

Los maestros del Movimiento de la prosperidad no han llegado a esta œltima fase. Ninguno de ellos ha sugerido nunca que ellos mismos sean Dios. Han estado cerca, sin embargo, al pretender una uni—n tan ’ntima con Cristo que la demarcaci—n entre ellos y Cristo se borra.

Por uni—n con Cristo, ellos entienden una mezcla de esencias divinas, no œnicamente una relaci—n personal. Benny Hinn declara:

Cuando estoy en Cristo, soy uno con ƒl, unido a ƒl; un esp’ritu con ƒl. No soy, escœchenme bien, ÁNO SOY PARTE DE ƒL, SOY ƒL! ÁEL VERBO SE HA HECHO CARNE EN Mê! Cuando mi mano toca a alguien, es la mano de Jesœs tocando a ese alguien.[19]

ÁYo [Jesœs] les amŽ lo suficiente para hacerme uno de ustedes! ÁY les amŽ lo suficiente para hacerles Yo mismo![20]

Desear’amos que Hinn estuviera hablando de manera figurada, pero no es as’. ƒl confunde la relaci—n con Cristo con una mezcla de esencia divina. Hinn a–ade:

ÀEst‡n preparados para una verdadera revelaci—n? Ustedes son dios.[21]

Tal vez, Hinn haya querido decir: ÒUstedes son un dios.Ó Ojal‡ que no hubiera estado en ese momento acerc‡ndose a la fase final del paganismo.

ÀQuŽ piensa Dios acerca de esto?

El primero de los Diez Mandamientos revela lo que el verdadero Dios piensa acerca de su humanizaci—n:

Yo soy Jehov‡ tu Dios É no tendr‡s dioses ajenos delante de m’. No te har‡s imagen, ni ninguna semejanza de lo que est‡ arriba en el cielo, ni abajoÉ (ƒxodo 20:1-4).

En conjunto, estos dos mandamientos nos dicen que no tenemos autoridad para definir a Dios en ningœn otro tŽrmino de los que claramente se nos ha revelado. Hacerlo es idolatr’a.

ÀTenemos derecho a una propia opini—n personal acerca de lo que es Dios? NO. Por medio de la declaraci—n Yo soy Jehov‡ tu Dios, el Se–or se reserva el derecho de definirse a s’ mismo y, al hacerlo, anula las opiniones personales y definiciones humanas. ƒl se define claramente a travŽs de la creaci—n, su Palabra y por medio de Cristo. Toda opini—n que contradiga esto, constituye idolatr’a.

La manera m‡s f‡cil de inventar otro dios es con nuestra imaginaci—n. Moralmente hablando, poco importa si nos hacemos un ’dolo de madera, de piedra o dentro de la mente. Cuando suponemos que Dios es cualquier cosa que deseamos que sea, somos id—latras.

La idolatr’a es algo tremendamente serio; posiblemente por esa raz—n sea que estos mandamientos encabezan la lista. La peor forma de idolatr’a es hacernos un dios a nuestra propia imagen y luego adorarlo. Esto es exactamente lo que los maestros de la fe han hecho. Est‡n quebrantando los Diez Mandamientos.

Conclusiones

Parece ser que los maestros de la Palabra de fe han tomado la ruta pagana, al acercar al hombre a Dios. Su dios no es ni siquiera de la talla de Zeus.

A veces los ni–os o los reciŽn convertidos tienen una idea human’stica de Dios. Pueden visualizarlo como un enorme abuelo celestial sentado en su trono. Aunque esa imaginer’a no es la apropiada, tampoco es peligrosa para esas personas inocentes y suele desaparecer a medida que el cristiano madura.

Si pens‡ramos que estos maestros de la Palabra de fe fueran meramente inmaduros en su doctrina de Dios, estar’amos menos alarmados. Pero no es el caso. Por tres dŽcadas han hecho desfilar sus ense–anzas a la vista de todos.

Los eruditos en Biblia han tratado de razonar con ellos. Se han escrito y editado libros que refutan sus doctrinas paganas. Pero ellos han ignorado cada censura, han rechazado toda correcci—n, han menospreciado la sana erudici—n y han maldecido a aquellos que han tratado de ayudarles.

ÀHay algo peor que dar culto a un dios falso? Posiblemente s’ lo haya. Ser’a que la persona se imagine ella misma ser un dios. Los maestros de la Palabra de fe hacen ambas cosas.

As’ que, cu’dense de beber de la fuente de esas ense–anzas. La bebida que le ofrecen no es  ambros’a. No les transformar‡ en Dios. Pero s’ es un veneno mortal.

En este cap’tulo aprendimos que...

¥       Los maestros del Movimiento de la prosperidad duplican el pensamiento pagano al redefinir al Dios cristiano, rebaj‡ndolo de lo que revelan las Escrituras acerca de ƒl y d‡ndole condici—n divina al hombre.

¥       Este movimiento ense–a que los cristianos son peque–os dioses, de la misma esencia de Dios.

¥       Estos maestros confunden aquello de Òa la imagen de DiosÓ con algo que ser’a un duplicado de Dios.

¥       La Biblia ense–a que la uni—n con Cristo es a travŽs del Esp’ritu. La doctrina de la Palabra de fe ense–a que  la uni—n con Cristo es a travŽs de una mezcla de nuestra supuesta divinidad con la de ƒl.

¥       La doctrina de la Palabra de fe iguala nuestra uni—n con Cristo con una mezcla mutua de divinidades.

¥       Los maestros de la Palabra de fe califican a sus cr’ticos como ciegos y muertos espiritualmente.

CAPêTULO 2

Fe o ficci—n

Cerca de mi casa hay un gimnasio en el que los entrenadores personales ense–an f’sicoculturismo. Al igual que esos entrenadores, los maestros de la prosperidad consideran que su misi—n es ayudar a los cristianos en el desarrollo de mœsculos de fe fuertes, para controlar la realidad.

La fe en Dios constituye el punto central de la Biblia. ÀC—mo podr’a tal Žnfasis estar equivocado? ÒDe ninguna maneraÓ, piensan muchos... asumiendo que esos maestros se refieran a lo mismo que la Biblia, respecto a lo de las palabras ÒfeÓ y ÒDios.Ó

Veneno en una botella de leche

Llenar una botella de leche con veneno no es necesariamente malo. Pero s’ lo ser’a si le damos esta botella a alguien, diciŽndole que contiene leche.

Algo semejante sucede en la teolog’a, cuando los maestros toman palabras de la Biblia, las vac’an de su contenido, a–aden sus propios significados y las hacen pasar como leg’timas. Sus seguidores terminan aceptando ideas que rechazar’an normalmente.

Es decir que, aun cuando un maestro utilice palabras tales como Dios, fe, Jesœs, esto no garantiza que estŽ ense–ando la Palabra de Dios. Puede tratarse de veneno en una botella de leche.

ÀCu‡l fe?

Kenneth Copeland afirma: La fe es una fuerza poderosa. Es una fuerza tangible. Es una fuerza conductora.[22]

Copeland sostiene: La fe es una fuerza espiritual ... es una sustancia. La fe puede afectar la sustancia natural.[23]

Estos maestros ven la fe como una fuerza m’stica que manipulamos para nuestra propia ventaja. Si se combina la fe con nuestras propias palabras, se convierte en una cat‡lisis para crear nuestra propia realidad.

Dichos maestros no ven la fe como la sola confianza en Dios, sino como un poder m’stico con su propio derecho. Para ellos, es casi una ley natural como la gravedad o el electromagnetismo. Aunque no sea una ley f’sica, es tan poderosa como para afectar a la materia.

No nos preocupar’a eso si pens‡ramos que hablan en sentido figurado o  si œnicamente fuera un punto de vista de Copeland, podr’amos ignorar la anomal’a. Sin embargo, es lo que tipifica al movimiento. Charles Capps manifiesta:

La fe es la sustancia o materia prima ... La fe es la sustancia que Dios utiliz— para crear el universo y transport— esa fe por medio de sus palabras ... La fe es la sustancia de las cosas, pero no es visible. La fe es una fuerza espiritual.[24]

En caso de suponer que Capps hable en sentido figurado, n—tese lo siguiente:

He aqu’ lo que Dios hizo: Dios llen— Sus palabras con fe. Dios us— Sus palabras como contenedoras y transportadoras de esa fuerza espiritual hacia la oscuridad, pronunciando: ÁSea la luz! Esa es la manera en que Dios transport— su fe, generando la creaci—n y la transformaci—n.[25]

Copeland hace eco de las palabras de Capp acerca del poder de esta fuerza-sustancia en el escenario de la creaci—n.

Dios us— las palabras para crear los cielos y la tierra ... Cada vez que Dios hablaba, liberaba su fe: el poder creativo que hac’a cumplir su palabra.[26]

Estos maestros sostienen que Dios tiene fe y que depende de ella por su poder creativo. El Movimiento de la prosperidad considera esto un hecho autoevidenciable. Al discutir sobre el potencial de la fe en la vida de los cristianos, Copeland se refiere a...

La misma fe que Dios us— al crear ...[27]

Pero, ÀquiŽn cre— esta fe-sustancia de la que depende el poder creador de Dios? Si Dios la cre—, Àpor quŽ tendr’a ƒl que depender de ella?

ÀY nosotros los humanos?

De acuerdo con la doctrina de la prosperidad, el creyente tiene acceso a la misma fuerza empleada por Dios al crear el mundo. Como peque–os dioses, podemos servirnos a voluntad de esta fe-fuerza y crear la realidad que deseemos. Si carecemos de prosperidad material o buena salud, el problema est‡ en nuestra ignorancia sobre c—mo controlar la ÒfuerzaÓ de la fe.

A travŽs de los siglos, la teolog’a cristiana ha comprendido el significado de la ÒfeÓ como la confianza o la creencia en Dios. Cualquiera que sea el significado que los del Movimiento de la prosperidad hayan dado al tŽrmino, se ve claramente que no concuerda con aquel.

Efecto de choque

A veces me gusta captar la atenci—n de mis estudiantes de teolog’a diciendo: ÒLa fe, en s’ misma, no tiene ningœn valor, poder o mŽrito propio. No es una buena obra y no merece recompensa alguna. En ciertos casos, ni siquiera es una virtud.Ó

El tono radical de mi observaci—n se atenœa cuando explico que la fe es como una caja vac’a. El contenido es lo que le da su valor. Si Cristo es el contenido de la caja, su valor es inconmensurable. Pero, ÀquŽ si el contenido de la caja es el diablo?

La fe en s’ misma es moralmente neutral. Adquiere su valor del objeto al cual se la asocia. ViŽndola de esta manera, la fe puede ni siquiera ser una virtud, si no est‡ dirigida a Cristo. En efecto, puede incluso tratarse de un vicio si est‡ puesta en un dios falso o dirigida a nuestra autoaprobaci—n.

La fe es el veh’culo en el que Cristo se aproxima a nosotros. Cuando un amigo llega en su auto a nuestra casa, pensamos en el amigo, no en el veh’culo. Lo que importa es la relaci—n, pero la cercan’a no hubiera sido posible sin el transporte. A esto es a lo que me refiero cuando digo que la fe no tiene valor Òen s’ misma.Ó

Entonces, si la fe no tiene un valor o virtud inherente, Àc—mo podr’a ser una fuerza creadora? Cristo es el poseedor de todo aquello. La fe es meramente el veh’culo que acerca a Cristo a nosotros.

ÀEs la fe una ÒleyÓ?

En su libro, Las leyes de la prosperidad, Copeland define la fe como una ley indispensable. Sembramos semillas de fe como un agricultor siembra su cultivo, esperando la cosecha.

Esto es cierto, siempre que lo entendamos como una met‡fora acerca de la confianza llana en las promesas de Dios. Si vamos m‡s all‡, consider‡ndola una ÒleyÓ en el sentido de una fuerza m’stica, caemos en un grave error.

Solo en una ocasi—n se refiere la Biblia a la fe como una Òley.Ó

ÀD—nde, pues, est‡ la jactancia? Queda excluida. ÀPor cu‡l ley? ÀPor la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27).

En el contexto, Pablo contrasta la fe con las obras como el principio por el cual Dios comunica su don de la justicia. Esto no tiene nada que ver con ninguna fuerza m’stica. La NVI traduce el tŽrmino griego "ley" como principio, posiblemente para evitar tal confusi—n. Las Escrituras nunca definen la fe como una ÒleyÓ en otro sentido que este.

ÀFe en la fe?

El folleto de Hagin titulado: Tenga fe en su fe, fue un elemento importante en el desarrollo del Movimiento Palabra de fe. All’ se cristaliz— el concepto central de que la fe es una ley manipulable.

Para Hagin, tiene perfecto sentido tener fe en nuestra fe. Si la fe es una fuerza que controlamos, deber’amos obtener m‡s fe a medida que crece nuestra capacidad de manipularla. Hagin ve’a este proceso como una espiral ascendente hacia un poder cada vez mayor.

Hagin estaba en lo correcto si la fe fuera una sustancia m’stica que manipulamos. De lo contrario, es autodependencia carnal.

ÀY d—nde queda la gracia?

El evangelio es un movimiento de la Ògracia,Ó no un movimiento de la Òfe.Ó Cuando Pablo dice: Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe... dej— en claro de una vez y por todas la respuesta a la pregunta sobre quŽ nos salva. La fe NO salva. La gracia es la que salva. La fe es meramente el veh’culo que transporta la gracia de Dios.

Gracia significa inmerecido favor de Dios. Si la fe fuera una fuerza o sustancia que podemos manipular, entonces la salvaci—n podr’a ser una obra que merece recompensa. En ese caso, la fe estar’a excluida, por la misma causa que las obras son excluidas... precisamente porque merecer’a una recompensa.

El ap—stol Pablo clarifica

Ahora bien, cuando alguien trabaja, no se le toma en cuenta el salario como un favor sino como una deuda (Romanos 4:4).

Por eso la promesa viene por la fe, a fin de que por la gracia... (Romanos 4:16).

ÀPor quŽ dice a fin de que? Porque Žl entiende que la fe no merece recompensa. Por lo tanto es el œnico veh’culo apropiado de la gracia. ÀC—mo podr’a entonces ser la fe una ley, sustancia o fuerza que nosotros controlamos para obtener bendici—n? ÀD—nde quedar’a la gracia?

A los maestros de la prosperidad se les escapa esta paradoja. Precisamente, debido a que la fe b’blica NO es una ley, fuerza o sustancia, es que puede ser el veh’culo de la gracia.

ÀD—nde se origina la fe?

En el pensamiento de la Palabra de fe, esta œltima no es un don de gracia. La gracia contradice el concepto de una fuerza-sustancia m’stica manipulable a discreci—n nuestra.

La Biblia ense–a claramente que la fe es un don de gracia. Aun cuando la gracia salvadora viene por medio de la fe, esta fe es generada por la misma gracia. Esto no es un razonamiento circular, porque Dios es el origen del proceso.

... [Apolos] ayud— mucho a quienes por la gracia hab’an cre’do (Hechos 18:27).

La gracia de nuestro Se–or se derram— sobre m’ en abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesœs (1 Timoteo 1:14).

En resumen

Frecuentemente los cristianos decimos que somos salvos por fe. ÀAcaso queremos decir que es la fe en s’ misma la que nos salva? No. Se trata de una forma breve y b’blica de expresar que la fe es un instrumento vital para aproximar a Cristo, que es el que salva.

Una buena ilustraci—n que viene al caso es cuando Jesœs le dijo a una mujer arrepentida: Tu fe te ha salvado (Lucas 7:50). Lo que expres— es que la fe de la mujer abri— la puerta a Aquel que salva. ƒl nunca implicar’a que la fe de la mujer por s’ sola le daba la salvaci—n. Si fuera as’, no hubiera sido para nada necesario el que ella fuera a Jesœs.

A veces la Escritura asocia dos cosas tan cercanamente que una se vuelve met‡fora de la otra. Ejemplo: En Juan 17:3 y 12:50, la obediencia a los mandatos de Dios es llamada Òvida eternaÓ. La obediencia en s’ no es la vida eterna, pero lleva a ella. Ser’a absurdo llamar a la obediencia una sustancia m’stica que podemos manipular para generar vida eterna.

Asimismo, en la Escritura, la fe es tan vitalmente asociada a la obtenci—n de bendiciones, que podr’a parecer que la fe por s’ misma genera las bendiciones. Es una forma breve de mostrar la importancia de la fe, no para demostrar que la fe sea una fuerza m’stica que, manipulada apropiadamente, produce lo que nosotros queramos.

ÀResulta denigrante a la fe b’blica este cuestionamiento al as’ llamado Movimiento de la fe? No. Nuestra intenci—n es que la fe estŽ en su posici—n correcta, no en una mayor ni menor a la correcta. Cristo, a su vez, recibe la gloria que merece.

El as’ llamado Movimiento de la fe, lleva un nombre equivocado. Estos maestros no ejercitan la fe en sentido b’blico alguno. Se trata de un movimiento pseudocristiano de idolatr’a, egotismo y narcicismo. ÀIdolatr’a? S’. ÀCu‡l es el ’dolo? Ellos mismos.

En este cap’tulo aprendimos que...

1. El Movimiento de la prosperidad ense–a que:

á      La fe es una fuerza m’stica y una sustancia espiritual.

á      Dios mismo depend’a de la fe al crear al universo.

á      Como dioses creados, los seres humanos tienen la capacidad de crear su propia realidad, manipulando la ley de la fe.

á      Debemos tener fe en nuestra propia fe.

2. El Movimiento de la prosperidad no ense–a la fe bajo ninguna definici—n b’blica.

3. La fe b’blica no es ni ley, ni fuerza, ni sustancia m’stica.

á      La fe es una confianza sencilla en Dios.

á      La fe es moralmente neutral, pues su valor depende del objeto al que se la asocie.

á      El evangelio es un movimiento de la gracia, no un Movimiento de la fe.

á      La fe es un don de la gracia de Dios.

CAPêTULO 3

Soberan’a y sufrimiento

MirŽ entre la multitud esperando bajo la carpa. El gent’o usual: una mezcla interesante de caras latinoamericanas, desde ni–os hasta ancianos. Unos pocos adolescentes se escond’an t’midamente en las sombras, temerosos de ser vistos por sus amigos. Muchos escucharon el rumor de que los ÒgringosÓ estaban exhibiendo pel’culas bajo la carpa. En este pueblo no hab’a ninguna sala de cine y pocos ten’an televisores, lo que hac’a nuestra campa–a evangel’stica el mejor espect‡culo del momento.

Esta t’pica multitud sudamericana ten’a una cosa en comœn. Ninguno hab’a escuchado una exposici—n clara del Evangelio. Lo que yo iba a predicar en los pr—ximos minutos ten’a que ser simple y claro. ComencŽ diciendo: ÁDios es un Dios bueno!

Cuando declarŽ esto, me di cuenta de que aquellos que ser’an salvos esa noche, enfrentar’an pruebas en los meses venideros. Ser’a necesario ayudarlos a entender quiŽn es Dios y lo que significa "bueno.Ó Supe tambiŽn que este proceso de aprendizaje no es f‡cil.

Cuando la gente comienza a madurar en Cristo, pronto se da cuenta de que la definici—n de la palabra ÒbuenoÓ no es tan obvia como pensaba previamente. Al fin y al cabo, el convertido sufre un revŽs, una enfermedad en la familia o un problema financiero. ƒl aprende de la Biblia que Dios es Todopoderoso. ÀPor quŽ, entonces, Dios no resuelve este problema? Sus amigos le dicen que el diablo lo caus—. ÀSignifica esto que Dios no tiene control sobre el diablo?

Muy pronto la brigada local de la fe informa al convertido que el problema es debido a su falta de fe. Le dicen que es su culpa. El nuevo convertido se pregunta: ÀDepende todo de m’? Pero no se siente capaz de enfrentar el problema.

En resumen, el convertido se encuentra ante el viejo dilema: la soberan’a de Dios y el sufrimiento de los justos. ÀEs posible responsabilizar a Dios aun cuando continuemos am‡ndolo y confiando en ƒl?

El œnico problema con el lema "Dios es un Dios bueno,Ó reside en un posible malentendido de la palabra "bueno.Ó A veces pensamos que el vocablo ÒbuenoÓ es equivalente a Òlo que nos agradaÓ. Sin embargo, Dios tiene otra cosa en mente. ÀEs lo que nos agrada realmente el bien mayor?  o ÀEs que Dios tiene en mente algo m‡s importante que lo que nos agrada?

"Bueno"... ÀQuiŽn lo define? 

Algunas personas suponen que la prioridad m‡s alta de Dios es el bienestar del hombre. Por lo tanto, definen "bienestar" en tŽrminos de beneficios: Salud, riqueza, paz y seguridad. No obstante estamos totalmente enga–ados si imaginamos que hay alguna verdad en estas afirmaciones.

Hay al menos dos cosas m‡s importantes para Dios. Veamos una de ellas en Romanos 8:28-29: ÒY sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su prop—sito son llamados. Porque a los que antes conoci—, tambiŽn los predestin— para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Žl sea el primogŽnito entre muchos hermanos.Ó

Notemos en este texto que el prop—sito definitivo de Dios es que seamos conformes a la imagen de Cristo. La prioridad m‡s alta de Dios es la santificaci—n. Llegar a ser como Cristo es nuestro bien mayor, no nuestra comodidad. Esta prioridad es tan alta que Dios aun nos puede hacer temporalmente infelices para que al final tengamos una felicidad suprema.

Recientemente, le’ un comentario que me choc— grandemente: ÒLa meta final de la santificaci—n es nada.Ó DespuŽs de recuperarme del impacto, tuve que aceptar esta aseveraci—n. La santificaci—n es la meta, y Dios nos ama mucho como para renunciar a su compromiso de santificarnos. La santidad no tiene prop—sito m‡s all‡ de s’ misma. Nuestra felicidad es un resultado de nuestra santificaci—n.

Se deduce, entonces, que Dios define el tŽrmino ÒbuenoÓ como todo aquello que produce santidad en nosotros. Todos los dem‡s principios de la Escritura est‡n subordinados a esto.

   Considerando ello, es menos sorprendente que los cristianos experimenten pruebas y sufrimientos. Dudoso ser’a que los creyentes no sufrieran m‡s de lo que sufren.

Otra consideraci—n, y acaso la de mayor importancia, es la gloria de Dios. Considere lo siguiente: Dios cre— al hombre conociendo perfectamente que este caer’a. ÀPor quŽ?

Romanos 9:21 sugiere la respuesta: "ÀO no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" (NVI). La m‡s alta prioridad de Dios es revelar Su naturaleza. El bienestar del hombre es secundario. La historia completa de la redenci—n, la salvaci—n y la condenaci—n, es el escenario en el cual Dios despliega Sus atributos.

C.S. Lewis trajo a la luz el extraordinario pensamiento de que Shakespeare estuvo equivocado cuando dijo: ÒEl mundo es un escenario y nosotros somos los actores.Ó A medida que miramos m‡s de cerca el escenario descubrimos que Dios es el protagonista principal y no nosotros. ƒl es el œnico sobre el escenario, y nosotros somos meramente el tel—n.   

La gracia no podr’a existir sin un pecador. Una hermosa flor no podr’a crecer sin el abono m‡s elemental el que, por cierto, es tan repulsivo. Pero, ÀExiste la gracia para la mayor’a? iDif’cilmente! Si usted les hace el mismo favor a todos, entonces esta actitud llega a ser una pol’tica general en lugar de un favor. Una vecina, por ejemplo, nos trae pan fresco hecho en casa, como un signo especial de amistad. Si ella le hace eso a todo el mundo, ya no ser’a un favor especial. La ira de Dios tampoco podr’a existir sin el pecador. Para mostrar justicia tiene que haber alguien a quien juzgar. Para creer que Dios nos santificar‡ conforme a su prop—sito debemos reconocer que Dios es soberano y que no puede fracasar.

Las opciones son claras: ƒl es soberano o no lo es. 

Hubo una Žpoca no muy lejana, en la historia de la iglesia, en la cual si una persona cuestionaba la soberan’a de Dios era considerada herŽtica. Aun hoy, hay personas que afirman que las manos de Dios est‡n atadas a menos que alguien ore. Tales declaraciones son una blasfemia porque la Biblia dice:

... ƒl hace segœn su voluntad en el ejŽrcito del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ÀQuŽ haces? (Daniel 4:35).

Nuestro Dios est‡ en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).

... Mi consejo permanecer‡, y harŽ todo lo que quiero (Isa’as 46:10).

Entonces, ÀDepende Dios del libre albedr’o del hombre? Revisemos algunos ejemplos b’blicos.

Nabucodonosor

Este rey pagano de Babilonia cometi— tres errores graves. Primero: Se hizo un dios de oro (Daniel 3). iQuŽ actitud tan t’picamente humana! El hombre quiere un Dios a quien pueda manipular, y vivir libre de reprensiones por sus pecados. Hoy la gente es m‡s creativa. En lugar de usar oro, simplemente usa su  imaginaci—n e inventa sus propios dioses.  

Segundo: Us— cada medio a su disposici—n para conseguir que otros adoraran a su dios falso. (Es algo bueno que Nabucodonosor no tuviera radio ni televisi—n. ƒl pudo haber tenido Žxito.)

Tercero: Atribuy— las obras del Todopoderoso a su dios (Daniel 4:30). El Dios verdadero lo llam— loco.

ÀQuŽ hizo Dios al respecto? Dios toc— el interior de Nabucodonosor y le quit— la raz—n, el libre albedr’o y todo. Lo dej— como una bestia por siete a–os.

ÀNecesit— Dios el permiso de Nabucodonosor para hacer eso? ÀNecesit— las oraciones de alguien para llevarlo a cabo? DespuŽs de siete a–os, cuando Dios tuvo a bien, le devolvi— su mente.

ÀQuŽ aprendi— Nabucodonosor de esta experiencia cuando recuper— su raz—n? Ò... y Žl hace segœn su voluntad en el ejŽrcito del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano...Ó

El anticristo y las diez naciones

ÀQuiŽn controlar‡ la mente del Anticristo... el falso profeta, la gran bestia y las diez naciones durante los tiempos finales? ÀEl diablo?

Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que Žl quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

Los enemigos de Jesœs

... a este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios... (Hechos 2:23).

ÀCreyeron los ap—stoles en la soberan’a de Dios con las acciones y la voluntad del hombre?

... y dijeron: Soberano Se–or, tœ eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay ... verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesœs, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo hab’an antes determinado que sucedieraÓ (Hechos 4:24,27,28).

ÀControl— Dios a los egipcios?

Y he aqu’, yo endurecerŽ el coraz—n de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificarŽ en Fara—n y en todo su ejŽrcito... (ƒxodo 14:17).

Al examinar estos ejemplos b’blicos vemos que Dios puede controlar todo, incluso la voluntad humana.

Miles de cristianos hoy en d’a, no saben que Dios es soberano. Alaban una parodia del Dios verdadero que tiene las manos atadas. Tal concepto de Dios proviene de la cultura moderna humanista en lugar de los conceptos b’blicos. Se puede llamar a  este el Òdios falsoÓ de la cristiandad moderna.

Segœn el ÒMovimiento de la prosperidad,Ó Dios tiene las siguientes caracter’sticas: Sus manos est‡n atadas al menos que alguien ore. Est‡ sujeto a un conjunto de leyes espirituales superiores a ƒl mismo. Depende del libre albedr’o humano para actuar. Es incapaz de detener a sus rebeldes criaturas que frustran Sus planes tom‡ndolo por sorpresa. Recompensa a los hombres con dinero, en proporci—n directa a la fe que ellos tienen.

No est‡ realmente al control de este mundo. No es soberano.

Por mucho que tal dios agrade a la naturaleza humana,  tiene un defecto fatal: iNo existe!

ÀC—mo es el Dios verdadero?

El Dios de la Biblia es soberano. Controla absolutamente todas las cosas.

ƒl hace segœn su voluntad en el ejŽrcito del cielo, y en los habitantes de la tierra (Daniel 4:35).

De esto concluimos que Dios no est‡ bajo ninguna obligaci—n de prestar atenci—n a las protestas de nuestro Òlibre albedr’oÓ con respecto al proceso de santificaci—n.

Ahora que sabemos la doctrina de la soberan’a de Dios, ÀD—nde nos deja esto? Estamos tratando de explicar c—mo contestar el dilema del sufrimiento de los buenos sin culpar a Dios. Hemos probado que Dios hace como le place, y nada ni nadie lo limita. ÀNo es esto empeorar al dilema? Parece que si. Al finalizar el an‡lisis veremos que no.

Hay cristianos bien intencionados que tienden a negar la soberan’a de Dios para resolver el dilema de un Dios bueno y un mundo malo. Sin embargo, estos cristianos no consideran la posibilidad de que Dios no quiere librarse del dilema. Quiz‡s tenga un prop—sito con tal dilema y no quiere que nadie se lo quite. 

Muchos cristianos consideran esta soluci—n completamente aceptable. Sugieren que Dios nos ha delegado parte de Su autoridad y que las respuestas a todos nuestros problemas yace en nosotros mismos. Sus manos est‡n efectivamente atadas en cierta manera, a menos que actuemos en su favor. As’ parece que el dilema est‡ resuelto y podemos abandonar la discusi—n y olvidarnos del problema.

Pero hay un elemento suelto que nos obliga a revisar esta explicaci—n. Si Dios ha entregado una parte de Su soberan’a al hombre, entonces no merece toda la gloria. Debemos determinar exactamente quŽ porcentaje de Su gloria le ha cedido al hombre. Solo as’ sabremos a quŽ grado podemos adorarle. DespuŽs de todo, no queremos darle toda la gloria si nosotros tenemos parcialmente el control. Eso no ser’a justo, Àverdad?

Si ƒl le ha dado veinticinco por ciento de Su soberan’a al hombre, entonces deber’amos adorar a Dios un setenta y cinco por ciento y al hombre un veinticinco por ciento. O podemos alterar 2 Corintios 1:24 diciendo: ÒPorque por el setenta y cinco por ciento de la fe en Dios est‡is firmes. He aqu’ el otro veinticinco por ciento te pertenece a ti.Ó

En lugar de llamarlo el Todopoderoso, tendr’amos que llamarlo el ÒCasi poderoso.Ó Perd—neme todo este sarcasmo, pero es claro que negar la soberan’a de Dios nos conduce a un dilema peor.

El error b‡sico aqu’ est‡ en fallar al distinguir la diferencia entre autoridad compartida y abandono de autoridad. Es como una cuenta corriente conjunta. Si usted a–ade el nombre de otra persona a la cuenta, eso no le quita la autoridad para firmar los cheques, ni est‡ limitado a la aprobaci—n de la otra parte. Si usted quiere, puede arreglar el asunto de tal forma que los otros necesiten su aprobaci—n, sin necesitarlos para nada.  Perfectamente legal y l—gico.

ÁQuŽ tremendo error imaginar que Dios ha renunciado a cualquier parte de Su autoridad solo porque la comparte con algunas de Sus criaturas!

He observado a cristianos que poseen un entendimiento s—lidamente b’blico de la soberan’a de Dios. Atraviesan las pruebas con m‡s facilidad y rara vez preguntan: ÒÀPor quŽ permitiste esto?Ó Entonces, ÀCu‡les son las opciones cuando confrontamos una prueba dura? Tenemos tres, y solo una es la correcta.

Opci—n uno: Acusar a Dios de injusto por meternos en problemas.

Todas las pruebas espirituales consisten en estar aparentemente abandonados por Dios. Si este sentimiento estuviera ausente, dejar’a de ser una prueba v‡lida.

Un arma potente para pasar exitosamente a travŽs de las pruebas, es saber que estas son inevitables. No se preocupe, saber esto no es una confesi—n negativa. La realidad es as’. Pedro nos advirti—: ÒAmados, no os sorprend‡is del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extra–a os aconteciese...Ó (v. 12).

Culpar a Dios nos da solamente un sentimiento de alivio temporal y superficial... como cuando estamos tratando de extinguir un fuego arroj‡ndole palos de madera.    

Opci—n dos: Someterse pasivamente a la aflicci—n como la voluntad de Dios, puesto que ƒl es soberano y pudo haberla  prevenido.

Esta reacci—n es casi tan peligrosa como la anterior. Algunas religiones se aprovechan de este razonamiento para mantener a los oprimidos en sujeci—n.

En Jueces 3:2 leemos que Dios dej— a los enemigos en la tierra sabiendo que ellos atacar’an a Israel. ÀPor quŽ hizo eso? Porque quer’a que los israelitas aprendieran a luchar.

Suponga que los jud’os hubieran asumido que Dios estaba ense–‡ndoles a ser humildes. Pudieron haberse acostado en las calles y sumisamente dejar que los carros pasaran sobre ellos. Habr’an aprendido la humildad correctamente, pero esa no era la lecci—n que deb’an aprender. Algunas veces Dios le permite al diablo atacar al creyente para que este aprenda a defenderse.

Recuerdo la historia de un joven estudiante de la Biblia, que sufri— pruebas severas por varias semanas. Nada le sal’a bien. Todo el mundo se peleaba con Žl. Una depresi—n constante lo consum’a. Una noche, estando solo, sœbitamente grit—: ÒiSatan‡s!, en el nombre de Jesœs, Áfuera!Ó La paz lo cubri—. Se dio cuenta de que Dios le estaba ense–ando el arte de la autodefensa espiritual.

Someterse pasivamente a toda prueba y aflicci—n no es b’blico, es m‡s, es peligroso.

Opci—n tres: Someterse a Dios pero resistiendo la aflicci—n, aun si sabe que Dios en su soberan’a la permiti—.

Desde el punto de vista de algunos, nunca en la historia de la humanidad ha existido un aguij—n tan agudo como el de Pablo. Algunos dicen que era una enfermedad. Otros dicen que no.

Al enfrascarse en estas disputas, los cristianos pierden los puntos principales de la lecci—n. Si para Dios eso fuera muy importante, el texto se–alar’a claramente lo que era el aguij—n. Observemos algunas reacciones de Pablo con respecto a su  aguij—n: 

Primero, nunca par— de enfrentar su aflicci—n. ƒl pele—. Tan simple como eso.

Segundo, observe la forma en que pele—. Fue con oraci—n humilde y persistente. ƒl le pidi— a Dios que se lo quitara. No se lo orden—, ni trat— de manipular a Dios. Hizo algo mejor que eso: simplemente or—. Nunca trate de manipular a Dios. Cada vez que lo intento, recibo reprensiones del Se–or.

Note tambiŽn que Pablo or— m‡s de una vez sobre su problema. Algunos han pensado que es falta de fe orar dos veces por la misma cosa. Pablo no pensaba as’. Si mi carro no arrancara al primer intento, lo intentar’a otra vez hasta que arranque.

La forma como Pablo trat— este problema demuestra que el resultado final depend’a de la soberan’a del Se–or.

Indudablemente, si Dios le hubiera dicho a Pablo que la soluci—n era pararse de cabeza y clamar: "Salve al Rey", Žl lo habr’a hecho, porque estaba dispuesto a hacer lo que el Se–or le dijera que hiciera, aun si eso fuera no hacer nada.

En efecto, Òno hacer nadaÓ es exactamente lo que el Se–or le dijo que hiciera: "B‡state mi gracia." Aun m‡s, Pablo no perdi— su santa agresividad. Acept— esa gracia y la aprovech— para glorificar a Cristo.

Alguien me pregunt— acerca de la diferencia entre un ataque sat‡nico y una prueba divina. Realmente no importa. Puesto que Dios es soberano, ambas circunstancias son siempre lo mismo. Dios le permite al diablo atacarnos porque desea que nosotros lo derrotemos. Si no fuera por el diablo, la Iglesia ser’a perezosa y los cristianos aprender’an poco.

El libro de Job ilustra esto con claridad: Dios afirmaba la sinceridad de Job, mientras que Sat‡n la negaba. Esto result— en una prueba de la integridad de Job, siendo Satan‡s la causa inmediata y activa, y Dios la causa final y pasiva.

Vemos entonces que tanto Satan‡s como Dios usaron los mismos eventos pero con intenciones opuestas. La diferencia, entonces, entre un ataque sat‡nico y una prueba divina, no est‡ en los medios sino en los prop—sitos opuestos. Sat‡n quiere probar lo peor de nosotros, y Dios desea probar lo mejor. As’ que es un desperdicio de tiempo tratar de encontrar cu‡l es cual. Simplemente somŽtase a Dios y presente batalla ante la aflicci—n.

ÒEn todo esto no pec— Job, ni atribuy— a Dios desprop—sito algunoÓ (Job 1:22).

Algunas veces la esencia de la prueba espiritual gira alrededor de una pregunta: ÀCu‡l es la calidad de nuestro amor? Amamos a Dios porque hace cosas buenas por nosotros. Pero en el reino de Dios esta clase de amor es inferior. ƒl quiere que nosotros le amemos por lo que es y no por lo que nos da. Esto implica una elecci—n mental m‡s que emocional. En tiempos de prueba es necesario hacer este tipo de elecciones.

Lo anterior nos da ciertas pautas para atravesar pruebas ordinarias pero, ÀquŽ acerca de las verdaderas tragedias, como la pŽrdida de un ser amado o un accidente con consecuencias terribles? Estas desgracias dif’cilmente pueden ser catalogadas como Òpruebas.Ó

Un tr‡gico accidente ocurri— durante nuestra conferencia misionera en Ecuador, en 1981. Un cami—n que transportaba a casi una docena de j—venes se volc— debido a un error del conductor, que era una dama misionera. Fue un milagro que nadie muriera, pero un ni–o de ocho a–os qued— lisiado de su pierna derecha. La misionera estaba confusa y se sent’a culpable. Pocos d’as despuŽs del accidente, ella me hizo la inevitable pregunta: ÒÀPor quŽ Dios lo permiti—?Ó

Yo esperaba esa pregunta, as’ que quise estar preparado con una respuesta. Haciendo a un lado mi propia frustraci—n, le respond’ con otra interrogaci—n: ÒAun si Dios nos diera la respuesta, Àaliviar’a eso el dolor del ni–o o el tuyo? No siempre tenemos explicaciones a las tragedias, pero tenemos la promesa de Romanos 8:28.Ó Para mi gran sorpresa, esa respuesta le dio mucho alivio a la dama.

A veces lo œnico que tenemos es una promesa de Dios. Pero si la creemos, veremos que es suficiente para nuestro consuelo.

Los cristianos con un firme asimiento a la soberan’a de Dios atraviesan las pruebas y tragedias mucho m‡s f‡cil que aquellos que dudan de ella. Esta verdad ha sido el basti—n de los santos en todas las edades y a medida que avanzamos a los tiempos finales, debemos asirnos a ella tenazmente.

No se imagine que soy un sufridor experto porque proclamo estas verdades. Admiro a aquellos hermanos dulcemente pasivos, que aceptan las dificultades con una quietud reposada. ÀSon as’ por gracia o es realmente el resultado de una predisposici—n natural del temperamento? Ser’a dudoso si todos mis lectores fueran as’. En lo personal, prefiero las rabietas.

Para mi disgusto, descubr’ muy temprano que Dios permanece inm—vil ante mis protestas. ƒl continœa la prueba de todas maneras. Aparentemente, podemos a–adir tenacidad a Su lista de atributos. ƒl parece determinado a bendecirnos con cualidades morales que no sab’amos que eran parte del convenio cuando aceptamos a Cristo.

Lamento no haber resistido las pruebas pasadas de manera m‡s victoriosa. Espero hacerlo mejor en el futuro. Ser’a muy simple si solo pudiŽramos hallar la forma de quitarle al sufrimiento ese peque–o detalle: iel dolor!

Aparte de eso, el sufrimiento ser’a completamente tolerable. 

Lo digo para aclarar que conocer unas pocas verdades acerca de nuestras pruebas y su relaci—n con nuestro soberano Se–or, no aliviar‡ el dolor, ni contestar‡ todas las preguntas. Aœn doler‡. Pero al menos se vuelven tolerables cuando entendemos que hay significado y prop—sito detr‡s de ellas.

Estoy dolorosamente consciente de que los puntos de vista que he compartido no logran explicar bien la expresi—n ÒDios es un Dios bueno.Ó Ser’a un tonto si pensara eso.

As’ que dejemos el asunto a los pies de Dios, donde ƒl quiere que estŽ. Sigamos con humildad, sabiendo que ƒl es mayor que cualquier concepto que podamos alguna vez imaginar acerca de ƒl.

En este cap’tulo aprendimos que...

¥       Dios es soberano sobre todas las cosas, incluido el mal. Aunque Dios no es causante del mal, este est‡ bajo su control.

¥       Debido a que el valor m‡s preciado por Dios es la santidad del creyente, ƒl permite que suframos pruebas para santificarnos. Por lo tanto, la falta de fe no es forzosamente causa de enfermedad o pobreza.

¥       Aparte de no ser b’blico, es algo muy cruel acusar a una persona de falta de fe, si sufre pobreza o enfermedad.

¥       A pesar de la tensi—n filos—fica entre la bondad de Dios y la existencia de la maldad, Dios nos llama a confiar en ƒl.


CAPêTULO 4

Or’genes del Movimiento de la prosperidad

El Movimiento de la prosperidad tiene sus ra’ces en una secta pagana, el gnosticismo, que rivaliz— con la cristiandad durante los tres primeros siglos de la era cristiana.

Existieron varias sectas gn—sticas. Todas sosten’an una forma de dualismo que ense–aba que lo material era malo y que lo espiritual era bueno. Sin embargo, la Biblia ense–a que Dios cre— ambas dimensiones y las llam— "bueno.Ó

Algunos gn—sticos ense–aban que hab’a dos dioses; uno malo que gobernaba la dimensi—n material, y uno bueno por encima del espiritual. Todos, sin embargo, sosten’an que entre las dos dimensiones exist’a una serie de leyes espirituales que permit’an controlar ambos reinos.

Ciertos grupos gn—sticos, segœn ellos espiritualmente superiores, se cre’an dotados con una ÒgnosisÓ especial o Òconocimiento por revelaci—nÓ que les permit’a aprender a manipular esas leyes m’sticas para su beneficio... Incluso para controlar sus propios destinos espirituales.

Una de las metas de los gn—sticos era alcanzar la divinidad y convertirse en una especie de ÒdiosÓ creativo. Esto deb’a acontecer "liberando" el esp’ritu del reino material a travŽs del "conocimiento" especial de las fuerzas m’sticas que gobiernan el universo.

Ireneo, uno de los padres del tercer siglo que combati— el gnosticismo, en su libro En contra de las herej’as, hace el siguiente comentario acerca del orgullo espiritual caracter’stico de los gn—sticos: "Ellos se consideran a s’ mismos tan ÔmadurosÕ que nadie se les puede comparar en la grandeza de su conocimiento, ni siquiera Pedro o Pablo ni cualquiera de los otros ap—stoles..." (I, XIII, 6). Ireneo a–ade que Ò... ÁTal persona se infla tanto que camina pavone‡ndose con un semblante despreciativo y el aire pomposo de un gallo!" (III, XV, 2).

Los paralelos entre el gnosticismo antiguo y el Movimiento de la prosperidad son muy impactantes para ser ignorados. Pero, Àc—mo se transport— el gnosticismo al siglo veinte? Por esta informaci—n, estamos profundamente agradecidos y en deuda con Judit Matta, autora de La respuesta cristiana a las herej’as gn—sticas carism‡ticas.[28]

Judit es la experta m‡s notable en los Estados Unidos en lo que tiene que ver con el origen gn—stico del Movimiento Palabra de fe. Ella se gradu— en el seminario teol—gico Talbot y fue una estudiante de primera clase. 

Indica Judit que en 1875, Mary Baker Eddy public— Ciencia y salud, produciŽndose el lanzamiento de la secta Ciencia Cristiana, o Ciencia de la mente. La Primera Iglesia de Ciencia Cristiana fue fundada en Boston en 1879. Eddy hab’a adaptado muchos de los primeros conceptos gn—sticos en sus escritos, que inclu’an la negaci—n de la realidad de la enfermedad y la materia.

Uno de los primeros convertidos a la Ciencia Cristiana y miembro de la Iglesia Madre desde 1903 hasta su muerte en 1908, fue el Dr. C.W. Emerson. Este fund—, a fines de siglo, una escuela preparatoria para j—venes en Boston llamada Escuela Emerson de Oratoria.

Uno de los primeros estudiantes de la escuela Emerson fue un joven de nombre E.W. Kenyon, que recogi— algunos de los conceptos gn—sticos y m‡s tarde los incorpor— en sus propios escritos.

Kenyon muri— en 1948, pero la antorcha gn—stica no muri— con Žl, sino que fue tomada por otro joven y entusiasta predicador, hambriento de lo sobrenatural, de nombre Kenneth Hagin... el reconocido l’der del Movimiento Palabra de fe.

Hagin alaba a Kenyon en uno de sus primeros libros: El Nombre de Jesœs, declarando abiertamente la fuente que le influencia. Posteriormente, Hagin pas— estas ense–anzas a Kenneth Copeland. A travŽs de Copeland fueron a Charles Capps, Jerry Savelle y otros. En 1972, T.L. Osborn tambiŽn expres— su profunda deuda a Kenyon en una carta a la nieta de este en la que lo llamaba Òap—stol.Ó

Los tŽrminos "palabra de fe" y "conocimiento por revelaci—n" encuentran su origen en los libros de Kenyon. Mucho de lo que Žl escribi— suena edificante y exalta el poder y se–or’o de un Cristo. Desafortunadamente, las herej’as est‡n mezcladas con estos aspectos, debido sin ninguna duda a la influencia de su mentor, Mary Baker Eddy de la secta Ciencia Cristiana.

Su folleto, Dos formas de conocimiento, es especialmente peligroso por su sutileza. Kenyon, hombre de temperamento supremamente m’stico, cae en la usual trampa gn—stica de emplear la raz—n para negar la validez de ella. Kenyon califica de "conocimiento sensorial" a la informaci—n derivada de nuestros cinco sentidos y la correlaci—n de esa informaci—n se hace por l—gica. Pero "el conocimiento por revelaci—n" viene directamente a nuestro esp’ritu, salt‡ndose tanto la raz—n como los sentidos. Kenyon cre’a que como Dios es espiritual, es imposible comprenderlo a ƒl y las verdades espirituales sin esa "revelaci—nÓ especial.

Por medio de esto, se introduce un error peligroso y sutil. Si una persona lo asimila, entonces la Biblia en s’ misma pasa a ser juzgada por la norma del "conocimiento por revelaci—n" que esa persona experimenta en forma subjetiva. Sutil e inconscientemente, el lector de Kenyon se convierte en su propia norma de la verdad.

Kenyon olvid— que el ojo que lee la Biblia, el o’do que la escucha y el cerebro que la correlaciona son todos —rganos f’sicos. La Biblia es un libro humano y divino. Pasar por alto los sentidos y la raz—n inevitablemente lleva a pasar por alto la Biblia tambiŽn. Los cristianos inexpertos y ansiosos de experiencias sobrenaturales pueden f‡cilmente caer en el misticismo de Kenyon.

Aunque Hagin fundamenta mayormente sus conceptos en Kenyon, Žl mismo ha aportado algunas "revelaciones" interesantes obtenidas a lo largo de su propio caminar.

En la introducci—n a una de las ediciones anteriores de su libro Arte de la intercesi—n, Hagin describe su octava "visita" de Cristo. Un ser espiritual, que se identific— como "Jesucristo,Ó entr— al dormitorio de Hagin, se sent— y habl— con Žl por hora y media. Durante esa visita, "Jesucristo" le dio una "revelaci—n" sobrecogedora: Todos los te—logos de anta–o que ense–aron que Dios estaba en control absoluto de todas las cosas estaban equivocados. En el primer cap’tulo, Hagin expresa la "revelaci—n" que constituye la premisa del resto del libro: "Dios no est‡ gobernando el mundo... y Dios no puede hacer nada al menos que alguien aqu’ abajo se lo pida.Ó

Este "ser" aparentemente olvid— leer su Biblia antes de negar categ—ricamente la soberan’a de Dios. Observe:

Todo lo que Jehov‡ quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra ... Salmos 135:6.

... para que conozcan los vivientes que el Alt’simo gobierna el reino de los hombres ... Daniel 4:17. 

En la sŽptima Òvisita,Ó el ser espiritual le dijo a Hagin que no orara m‡s por sus necesidades sino que ordenara a los ‡ngeles que las satisficieran. De nuevo, ese "ser" olvid— algunas claves escriturales. 

Padre nuestro que est‡s en los cielos ... el pan nuestro de cada d’a, d‡noslo hoy. Mateo 6:9 y 11.

En el contexto, el Se–or Jesœs de la Biblia nos ordena orar al Padre por nuestras necesidades.

ÀEstoy insinuando que el "ser" que visita a Hagin y que le da las revelaciones de la Palabra de fe no es realmente Jesucristo, sino un demonio enga–ador? No estoy ÒinsinuandoÓ eso. Lo estoy declar‡ndolo como un hecho b’blicamente comprobable, solo comparo los enunciados de ese ser con las ense–anzas b’blicas.

El secuestro de Hagin: C—mo entraron estas ense–anzas al movimiento carism‡tico

El ÒMovimiento Carism‡ticoÓ echa ra’ces en las dŽcadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. A veces se le denomina Neopente